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Las tendencias de espacio y defensa hacia 2026 reflejan un cambio claro de prioridades en los sectores espacial y de defensa. Más allá del desarrollo de nuevas tecnologías, el foco se desplaza hacia la capacidad de operar sistemas complejos con fiabilidad, autonomía y continuidad en entornos cada vez más exigentes.
De cara a 2026, ambos ámbitos comparten retos estructurales como la creciente complejidad técnica, las operaciones distribuidas y la dependencia de sistemas interconectados. En este contexto, la ingeniería orientada a misión y la capacidad industrial se consolidan como factores clave para garantizar el rendimiento a lo largo de todo el ciclo de vida.
El sector espacial evoluciona hacia un modelo cada vez más operativo, en el que la diferenciación ya no reside únicamente en el acceso a la órbita, sino en la capacidad de diseñar, desplegar y operar sistemas espaciales de forma sostenida.
El despliegue de grandes constelaciones transforma el acceso a servicios de conectividad y datos a escala global. El principal reto se traslada a la operación coordinada, donde la gestión de flotas, la continuidad de servicio y la resiliencia del sistema son determinantes. A través de CanarySat, trabajamos en una constelación de satélites en órbita baja orientada a proporcionar comunicaciones resilientes y soberanas.
Los avances en miniaturización, electrónica embarcada e integración de sistemas permiten que plataformas compactas asuman misiones cada vez más exigentes. Esto facilita arquitecturas flexibles y escalables, reduce los tiempos de desarrollo y favorece el despliegue de constelaciones en órbita baja.
A medida que el espacio se consolida como infraestructura crítica, la soberanía tecnológica adquiere un peso creciente. Disponer de capacidades propias en tecnologías clave resulta esencial para garantizar la seguridad, el control de sistemas críticos y la continuidad operativa.
La actividad en torno a la Luna entra en una nueva fase marcada tanto por el regreso a la exploración lunar como por la necesidad de operar de forma sostenida en un entorno extremo. Comunicaciones limitadas, altos niveles de autonomía y fiabilidad a largo plazo convierten este entorno en un escenario clave para la exploración y la validación de tecnologías críticas.
Todas estas tendencias convergen en la autonomía como capacidad operativa esencial. Los sistemas espaciales deben gestionar incidencias y adaptarse a condiciones cambiantes sin intervención constante desde tierra, reforzando la resiliencia como criterio de diseño clave.
En defensa, la evolución es paralela. La prioridad se desplaza hacia la capacidad operativa real, donde la integración, el despliegue y el sostenimiento de sistemas resultan determinantes.
La producción, la escalabilidad y la resiliencia industrial se consolidan como factores estratégicos. La industria pasa a formar parte activa del sistema de defensa, garantizando disponibilidad y capacidad de respuesta sostenida.
La inteligencia artificial avanza hacia su integración en funciones operativas concretas, como el apoyo a la toma de decisiones, la gestión de sensores o el incremento de la autonomía de plataformas. Su valor reside en una integración fiable y segura en sistemas críticos.
Las plataformas no tripuladas evolucionan hacia modelos de operación coordinada y en enjambre. Este enfoque aumenta la flexibilidad y reduce riesgos, pero exige elevados niveles de autonomía, coordinación e integración con otras capacidades.
Las operaciones actuales se desarrollan de forma simultánea en múltiples dominios. La interoperabilidad y el intercambio seguro de información se consolidan como requisitos esenciales para la eficacia operativa.
La ciberseguridad deja de ser un elemento transversal para convertirse en un pilar operativo. La resiliencia frente a amenazas cibernéticas se integra desde las primeras fases de diseño, al mismo nivel que la protección física de los sistemas.
Las tendencias que están definiendo el espacio y la defensa hacia 2026 reflejan una prioridad común: disponer de sistemas capaces de operar con fiabilidad, autonomía y continuidad en entornos complejos y exigentes. El reto ya no está solo en desarrollar tecnología avanzada, sino en integrarla y sostenerla operativamente a lo largo del tiempo.
Desde una perspectiva industrial y de ingeniería, este enfoque refuerza la necesidad de una visión orientada a misión, donde la autonomía, la interoperabilidad y la resiliencia se incorporan desde el diseño. En este contexto, ARQUIMEA aborda estos retos desde una experiencia transversal en espacio y defensa, con un enfoque centrado en llevar tecnologías desde el diseño y la industrialización hasta su integración operativa, bajo requisitos exigentes.