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Hay un momento muy concreto en muchas enfermedades neurodegenerativas en el que algo cambia, pero nadie lo percibe. No es un síntoma evidente ni una pérdida funcional clara, sino un desajuste silencioso a nivel celular. Cuando aparecen los primeros signos clínicos, ese proceso lleva años, a veces décadas, en marcha.
Durante mucho tiempo, la investigación se ha visto obligada a trabajar sobre ese desfase: detectar el daño cuando ya era visible, intervenir cuando la enfermedad estaba avanzada. La posibilidad de identificar cambios biológicos antes de que aparezcan los síntomas, junto con una comprensión más detallada de los mecanismos celulares implicados, está originando un cambio que no solo es conceptual: también abre la puerta a intervenir antes, con mayor precisión y, potencialmente, con mayor impacto.
Los trastornos neurológicos representan actualmente una de las principales causas de discapacidad y mortalidad en el mundo. Se estima que más de 55 millones de personas viven actualmente con demencia a nivel global, cifra que podría duplicarse en las próximas décadas. En paralelo, la carga sanitaria y económica asociada a patologías como el Parkinson, la esclerosis lateral amiotrófica o las ataxias hereditarias sigue aumentando en sociedades cada vez más envejecidas.
Bajo el término “enfermedades neurodegenerativas” se agrupan patologías muy distintas entre sí, pero que comparten un mismo patrón biológico: la pérdida progresiva de neuronas, la acumulación de proteínas mal plegadas y un deterioro gradual de los mecanismos que mantienen el equilibrio celular. Lo que cambia de una a otra no es tanto la naturaleza del proceso como su localización, su ritmo y las funciones que termina afectando.
Entre las más estudiadas se encuentran algunas enfermedades que, aunque bien conocidas, siguen planteando grandes incógnitas:
Durante años, la investigación se centró en estas proteínas agregadas como causa principal del daño neuronal. Sin embargo, el conocimiento actual apunta a un escenario más complejo. Hoy se entiende que en estas enfermedades convergen múltiples procesos biológicos, como la disfunción mitocondrial, las alteraciones en el metabolismo energético, los fallos en los sistemas de degradación celular, la neuroinflamación o la predisposición genética. Esta visión más integrada, respaldada por estudios recientes, ha desplazado la idea de un único desencadenante hacia la de redes patológicas interconectadas, donde varios factores interactúan y se refuerzan mutuamente.
En la investigación de las enfermedades neurodegenerativas, el análisis clínico de los síntomas ha sido durante décadas la base para comprender y diagnosticar estas patologías. En los últimos años, este enfoque se ha ido complementando con una mayor atención a los procesos biológicos que preceden a esos síntomas, ampliando así la capacidad de caracterizar la enfermedad en fases más tempranas.
En el Alzheimer, por ejemplo, los criterios de la Alzheimer’s Association incorporan indicadores biológicos medibles, como la acumulación de beta-amiloide o tau, detectables mediante PET o análisis de líquido cefalorraquídeo incluso antes de que aparezcan los síntomas. Este cambio permite identificar la enfermedad en fases mucho más tempranas.
Este enfoque ha influido directamente en el desarrollo terapéutico. Los anticuerpos dirigidos contra la proteína beta-amiloide, aunque con resultados clínicos aún debatidos, reflejan un intento de intervenir sobre el mecanismo subyacente en lugar de limitarse a tratar los síntomas.
En paralelo, la secuenciación genética ha permitido identificar subtipos moleculares en enfermedades como la ELA, además de poder clasificar la enfermedad como esporádica (90-95% de los casos) o familiar (5-10%). Mutaciones en genes como SOD1 han abierto la puerta a terapias específicas, como los oligonucleótidos antisentido, diseñados para reducir la producción de proteínas alteradas. Este tipo de estrategias representa uno de los primeros avances hacia una medicina de precisión en neurodegeneración.
La esclerosis lateral amiotrófica ocupa un lugar particular en este panorama. Es una enfermedad poco frecuente, pero devastadora, con una supervivencia media de tres a cinco años tras el diagnóstico, el cual ocurre cuando los síntomas ya llevan mucho tiempo manifestándose en los pacientes. Afecta selectivamente a motoneuronas corticales y espinales, lo que conduce a debilidad muscular progresiva y fallo respiratorio.
Durante años, las opciones terapéuticas fueron escasas y de impacto modesto. Sin embargo, la identificación de subtipos genéticos y la comprensión de los procesos celulares implicados están reconfigurando la investigación en este campo. Iniciativas internacionales como el consorcio Project MinE han generado bases de datos genómicas a gran escala para acelerar el descubrimiento de dianas terapéuticas.
La ELA ilustra bien cómo el conocimiento sobre estas enfermedades se está ampliando. Hoy se entiende cada vez más como un conjunto de alteraciones moleculares que convergen en un fenotipo clínico común, en lugar de una entidad completamente uniforme. Esta mayor caracterización biológica permite plantear estrategias terapéuticas más específicas, aunque también introduce nuevos retos en el diseño de ensayos clínicos, que deben adaptarse a una mayor diversidad de perfiles de pacientes.
Otra transformación relevante es el reconocimiento del papel de células no neuronales. La activación de microglía y astrocitos, la alteración de la barrera hematoencefálica y la participación del sistema inmunitario periférico forman parte del paisaje patológico. La neurodegeneración se entiende cada vez más como un proceso multicelular.
Esta ampliación del foco ha estimulado la búsqueda de terapias que modulen la inflamación, el metabolismo o la comunicación intercelular. El reto consiste en intervenir sin comprometer funciones fisiológicas esenciales, lo que exige una comprensión fina de los equilibrios biológicos implicados.
En este contexto, las spin-offs biotecnológicas están desempeñando un papel cada vez más relevante al trasladar el conocimiento científico hacia soluciones terapéuticas concretas. En ARQUIMEA, esta apuesta se materializa en Molefy Pharma, una compañía nacida en 2024 con un objetivo claro: desarrollar terapias capaces de cambiar el curso de las enfermedades neurodegenerativas, con un enfoque prioritario en la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).
A diferencia de aproximaciones más tradicionales, Molefy Pharma centra su investigación en la identificación de nuevas dianas moleculares que permitan intervenir en los procesos celulares que impulsan la enfermedad. Su línea principal se orienta al desarrollo de AP-2, una pequeña molécula diseñada para restaurar el equilibrio celular mediante la regulación de una quinasa clave implicada en la homeostasis de la proteína TDP-43, cuya acumulación anormal está presente en la gran mayoría de los casos de ELA.
Este enfoque no busca únicamente ralentizar la progresión de la enfermedad, sino ir un paso más allá: intervenir sobre los mecanismos que la originan con el objetivo de revertir la disfunción celular. Los datos obtenidos en modelos celulares derivados de pacientes y en estudios animales preclínicos muestran un perfil prometedor, tanto en eficacia como en seguridad, lo que sitúa a este tipo de estrategias en una posición relevante dentro del desarrollo terapéutico actual.
El trabajo de Molefy Pharma refleja una tendencia más amplia en el campo: avanzar hacia terapias que actúen sobre procesos biológicos específicos, integrando el conocimiento molecular con el desarrollo farmacéutico. En enfermedades como la ELA, donde la urgencia clínica es especialmente alta, esta aproximación no solo amplía el abanico de opciones, sino que introduce una expectativa distinta, la de intervenir de forma más directa sobre la base de la enfermedad.
En ese sentido, la investigación en neurodegeneración ya no se limita a describir el deterioro, sino a comprenderlo con suficiente precisión como para intentar modificarlo. Es en esa intersección entre ciencia fundamental y desarrollo aplicado donde iniciativas como Molefy Pharma encuentran su razón de ser, aportando nuevas herramientas a un campo que, hasta hace poco, ofrecía pocas alternativas terapéuticas reales.